Sara cerró de golpe la puerta. El papel amarillo se deslizó a sus pies. La noche anterior tampoco había dormido. Ya llevaba varias semanas con insomnio. Debía responder una docena de mails, algunos de los cuales la urgían a enviar documentos que no tenía listos. El abogado de Ernesto la había telefoneado la tarde anterior. Que la casa por fin se había vendido y debía firmar, dijo. Y ella sintió como si algo se le atorara en la garganta, pero se contuvo. Por otro lado, para no ir a la cena en casa de sus padres, tendría que inventar otra mentira. No se sentía con ganas de discutir con su madre ni para escuchar las recriminaciones de siempre. Que una tal Patricia Cortés la había llamado, había apuntado la secretaria en el papel que recogió de la alfombra, cuidando de no arrugar el traje oscuro, recién sacado de la lavandería. Era su favorito y en él se sentía a gusto. La invitaba a un té, decía, y aparecía un número telefónico. Ella creía, sin embargo, que todas sus amigas se habían casado ya. Olga, Regina, Adriana, Claudia, Verónica, Julia, Mónica, repasó mentalmente. ¿Quién faltaba? De Isabel Contreras, dijo la voz dulce que escuchó al otro lado del teléfono cuando llamó. Y ella agradeció sin dejar que su voz evidenciara sorpresa. Pero la sentía. A Isabel nadie le había conocido novio y ahora resultaba que, sin más, se casaba.

 

Es que yo nunca voy a tener una vida normal, recordó que Isabel le había dicho una de las noches en que, luego de horas pegadas a códigos y libros de teoría, se preparaban un café en la cocina. Yo no soy como tú, que tenés a Ernesto, tus papás lo quieren y un día vas a casarte con él, vas a tener hijos y vas a tener una familia. Yo seguramente voy a quedarme sola. ¿Quién va a querer casarse conmigo?, dijo Isabel angustiada, sin que Sara accediera a prestarle atención. Tenía suficiente con todo lo que les faltaba por estudiar como para ponerse a discutir el tema, sobre el cual, de todas formas no tenía opinión alguna. O mejor dicho, sí la tenía y habría sido horrible expresarla, por eso era mejor callar. ¡Ay, Isabel! Nada que ver, se limitó a responder, mientras seguía batiendo el café cargado que esperaba le espantara el cansancio de todo un día de trabajo y le permitiera seguir leyendo. Isabel, en cambio, no había podido conseguir trabajo. Para ella todo era difícil. Desde asistir a las clases. Para subir las gradas de la universidad debía usar muletas. Vas a ver que sí te casás, afirmó Sara sin convicción, como una forma de zanjar el tema y salió de la cocina.

 

Sara buscó su celular en el bolso de piel recién comprado. No recordaba tener siquiera el número de Isabel registrado. Desde que habían terminado la universidad no habían vuelto a verse. Entonces cada una tomó su rumbo. Isabel la había buscado en un par de ocasiones pero Sara, ocupada como había estado con los preparativos de la boda, que fue casi inmediata a la graduación, nunca pudo o nunca se interesó en hacer tiempo. Con sorpresa encontró el número de Isabel aún registrado en el aparato. El tono pulsó varias veces, sin obtener respuesta. Y, cuando estaba a punto de colgar, Isabel respondió con voz áspera que pretendía ocultar su timidez crónica, derivada quizá de lo que ella misma llamaba “el defecto”. ¿Isabel? ¿Qué ha pasado?, preguntó Sara, sin más.

−¿Cuándo te fumaste tu primer cigarro?, le había preguntado Isabel años antes, al mismo tiempo que encendía uno, en una de las tantas madrugadas en las que, leyendo separatas enormes sobre temas aburridos, preparaban exámenes. 

 —A los quince años —respondió Sara, pero sabía que mentía. A los quince años era demasiado sosa para fumar. Ni siquiera había tenido novio. Su madre se había preocupado siempre por vigilarla y que no tuviera contacto con nada que pudiera dañarla. El mundo para ella era un lugar obscuro y lejano al suyo, el colegio y las clases de pintura y francés. Pero sí había estado enamorada de aquel compañero de colegio que no le había hecho caso nunca y aquello la había marcado. La había convertido en una persona temerosa de la gente y de sí misma, aunque por fuera su actitud demostrara lo contrario. Quizá por ello había aceptado a Ernesto como novio, aunque éste no la satisfacía en nada. Era un tipo aburrido, que sólo hablaba de su futuro y de sus planes como abogado y se relacionaba con gente igual a él. Sin embargo, a su madre le había parecido ideal y no se había opuesto a la relación. Es más, la había alentado a seguirla y ella, sin desearlo realmente, continuó. 

—¿Sabías tú que fumar aumenta el riesgo de cáncer de seno, de traquea, de lengua y… —quiso argumentar Isabel aquella noche.

—¡Ya ni me digás! —la interrumpió Sara—. Sólo de oírte me duele la garganta. El día en que esté embarazada de mi primer hijo voy a dejar de fumar.

—¿Y si no podés?

—Claro que sí. Para mí el cigarro no es vicio. Sólo fumo en reuniones, fiestas, en el cine y en la cama— dijo Sara con picardía y soltó una carcajada de humo.

—¿O sea que tú y Ernesto se acuestan? —quiso saber Isabel, con sorpresa. 

—Desde hace sólo unos meses, pero nadie sabe —respondió Sara, a quien le picaba la lengua por contar lo que ella sentía era su nuevo estatus físico. Y como tampoco deseaba ahondar en detalles, que pensó Isabel no podría de todas formas entender, agregó:

 —Y obvio que si mis papás se enteran, me matan. 

—¿Te dolió la primera vez? —preguntó Isabel, disimulando inútilmente su ingenuidad. 

—¿Me vas a decir que vos nunca lo has hecho? —preguntó Sara con malicia, pues tenía clara la respuesta. 

—No porque no quiera, sino que no he tenido con quién —respondió Isabel avergonzada. 

—Ya vas a tener, para eso sobran.

—¿Duele o no? —retomó Isabel, como quien no está dispuesta a abandonar una duda.

—Creo que depende de cada quién. Pero es que no podría decirte exactamente. Uno nunca sabe cabalito cuándo es la primera vez. No es que uno diga “hoy voy a dejar de ser virgen”. Vas de a poco. Hasta que un día sucede.

—¿Así, sin darte cuenta?

—Ese fue mi caso al menos. Es que una no quiere creer que haya sucedido y se engaña diciendo que no pasó nada y que no volverá a ocurrir. Por eso muchas salen embarazadas.

—No entiendo.

—Es que si una ya se metió en el lío y lo sabe, es decir, saber que estás teniendo relaciones, pues toma las precauciones del caso.

—¿Pastillas, te referís?

—Pastillas, inyección, lo que querrás. Pero no se lo dejás a la suerte —dijo Sara, bostezando y tomando el libro que tenía frente a ella. 

 

Y fue aquella frase la que Isabel recordaría años más tarde, aquel día en que, queriendo morirse, pudo leer claramente a trasluz el resultado en el sobre que la enfermera tomó de la repisa. O quizá lo imaginó. Ya no había forma de saberlo. Pero al final, cuando lo abrió, pudo leer un “positivo” recalcado en rojo. No podía ser, se dijo. Ella no había dejado nada a la suerte. Había hecho todo lo que Sara le había aconsejado. O casi todo. Porque Sara no supo nunca que la estaba aconsejando ni ella supo que aquella conversación sobre anticonceptivos le serviría tiempo después. Quizá no había tomado bien las pastillas o quizá se había saltado una dosis. Ya no le era posible saberlo. Su primer impulso fue invocar a Dios. Pensó que tal vez, aún estaba a tiempo de hacerle el milagro que nunca le había hecho y eso que desde niña le había rezado con fervor. ¿Qué diría su familia? Y su mamá que la había advertido siempre que de salir con una frescura, la echaría de la casa. ¿Y Andrés? Seguro se moriría. Se moriría o la mataría. ¿Se haría cargo? ¿Pensaría que es de otro? Pero si ella ni novio había tenido antes de él… Y él sabía bien que ella era virgen. Había sangrado. Le había dolido. ¿Cómo no iba a serlo con esa timidez espantosa que había acarreado desde niña a causa de su cojera? Desde que tenía uso de razón, recordaba a la mamá contar la historia, una y otra vez, como una forma de expiar la culpa: angustiada, la llevó al médico a primera hora, había tenido fiebre toda la noche. Luego de examinarla, el doctor le dio la noticia. Era polio. Apenas tenía dos meses. Tres semanas antes, la madre había escuchado que varios niños habían contraído la enfermedad. Por eso habían visitado al médico. La madre le había pedido que, aunque la bebé aún no tuviera la edad, la vacunara. El medio aconsejó, sin embargo, esperar un par de semanas para dispensarle la primera dosis. Que no debía preocuparse en exceso, le dijo. Pero el martirio comenzó apenas una semana después. Vinieron las fiebres, la flacidez de la pierna. Luego la deformación se hizo evidente. Por eso Isabel recordaría su infancia como un calvario de médicos, tratamientos, intervenciones quirúrgicas y fisioterapias. Las operaciones habían sido terriblemente dolorosas y habían marcado su cuerpo y su alma. La peor de todas, cuando le habían cercenado la pierna sana para que le quedara al nivel de la otra, que no había crecido más. Cada semana iba al ortopeda para que ajustara el tornillo que tiraba del hueso y lo hiciera crecer. Tuvo que usar muletas durante dos años. Más terrible que el dolor, fue haber tenido que viajar sola a México. Sus padres sólo disponían de los recursos para la operación y no pudieron costear más pasajes. Si no hubiese sido por la monja que se apiadó de ella y estuvo junto a su cama día y noche durante su recuperación, quizás se habría dejado morir. Si no le hubieran cortado el hueso de la pierna, Isabel calculaba que ahora sería más o menos de la misma estatura de Sara. Por eso, sintiéndose culpable por todo el sufrimiento de sus padres, ¿cómo iba a decirle que estaba embarazada, si ellos ni siquiera sabían que salía con Andrés? Sus padres nunca lo habían visto. Ni el nombre se lo habían escuchado mencionar, pensó. Cuando se dieran cuenta de su estado, seguramente la matarían. Apretó con fuerza el bastón que, desde la última intervención le servía de apoyo. Echó el sobre en su cartera y caminó el dificultoso pasillo. La rodilla le ardía. El aparato que debía usar para sostenerse comenzaba a lastimarla. Ya le había formado una llaga. Una vez en el carro comenzó a llorar. En el semáforo no dobló a la derecha y se dirigió hacia la avenida. Sacó la cajetilla de cigarrillos mentolados, pero desistió. Era suficiente tener un hijo sin padre para que saliera enfermo. Lo había leído en las revistas médicas de la decena de consultorios que había visitado en su vida y en las cajetillas de cigarrillos, que ahora contenían horribles leyendas que advertían toda clase de enfermedades. “Fumar durante el embarazo produce bebés de bajo peso”, decían los anuncios en una letra minúscula, que nadie se daba el trabajo de leer, pero ella sí. Ella se había acostumbrado a leer la letra pequeña en las miles de esperas que había tenido que hacer en su vida. Y había sido fuerte. Pocas veces el dolor, pese a su intensidad, la había podido quebrar. Pero hoy le faltaba el valor. Luego de dar varias vueltas a la manzana, decidió parar en un teléfono público y citar a Andrés en un McDonald´s. ¿No podía esperar?, preguntó él. ¡No! Esto, sí te digo, es de vida o muerte para ambos, respondió ella. Y él se asustó. Le dijo que la vería en veinte minutos.

Andrés la encontró pálida, con el sobre en la mano y un cigarrillo en la otra. Lo leyó sin parpadear. Al terminar, levantó las cejas. 

Tres meses más tarde, cuando Sara la telefoneó, Isabel le comentó de la boda, de lo feliz que estaba, de los preparativos, de lo bien que sus padres se llevaban con Andrés y de lo mucho que lo querían. Sara tampoco hizo más peguntas por miedo a que Isabel preguntara sobre su vida. No deseaba hacer mención de su reciente divorcio, del insomnio ni de lo sola estaba. Y cuando Inés le mencionó la fecha del enlace, Sara se excusó, como se excusó del té, aduciendo compromisos de trabajo y algún viaje pendiente. Al colgar, Isabel pensó que era mejor así. Por su parte, el vientre se le había comenzado a abultar y, no estaba segura, pero creía que por la mañana había sentido incluso un movimiento en el estómago y se lo había contado Andrés, quien, luego de un beso en la frente, se había limitado a sonreír.