Por Ana Lucía Marroquín

 

“Se llamaba Salomón. Murió cuando tenía cinco años, ahogado en el lago de Amatitlán. Así me decían de niño en Guatemala”

¿Cómo dejar de leer una novela que inicia con estas palabras? que al momento de releerlas caemos en cuenta que esconde una verdad y no precisamente la del niño Salomón, sino la del mismo escritor, el cual se habitúa a un estado de constante huida de su verdad, de sus miedos, de sus propia esencia, para así terminar creando su propia ficción.

Halfon tiene algo que no termino de explicar(me), creo que es esa forma tan nostálgica de describir sus recuerdos, como si los recordara, solo para poder (querer) volver a vivirlos.

Duelo no solamente hace referencia al proceso de la muerte de una persona, en este caso el niño Salomón, también conlleva en sí la muerte de los recuerdos que el propio Eduardo tuvo con su hermano, y después de tanta búsqueda la dulzura de sus memorias le hicieron olvidar el agua que acariciaba sus pies sobre un lago que no era el suyo, para recordar por siempre el peso de esas palabras que pensó pero dijo demasiado tarde: trepverter, en yídish, le llamaban a esas palabras.