Queridos amigos
Tengo una cicatriz en la mano derecha. No es grande —ya casi no se ve—, pero la conozco bien. Me la dejó un libro.
Tenía quince o dieciséis años. Leía en mi cuarto, ya de madrugada, con una de esas lámparas de bombilla incandescente que se calentaban hasta quemar. El libro era Papillón, de Henri Charrière: la historia de un hombre condenado injustamente, enviado a pudrirse en la Guyana Francesa, que se niega a dejarse vencer. Una historia de aventura, redención y una obstinación casi animal por sobrevivir. Aquella noche no podía parar de leer. Cuando finalmente me venció el sueño, apagué la lámpara con un gesto distraído y metí la mano directo en la bombilla.
El dolor fue instantáneo. La marca, duradera.
Lo revelador es que Papillón también tiene una marca. Una mariposa tatuada en el pecho: de ahí su apodo. Él cargó con su marca toda la vida. Yo llevo la mía en la mano. Y los dos la recibimos de la misma historia.
Recordaba esta anécdota con mi amigo Luis Méndez Salinas en Catafixia, esa hermosa librería suya en el Pasaje Rubio que, con poética terquedad, insiste en alborotar el avispero. Me entrevistaba sobre los diez libros que más me han marcado en la vida. Al hacer la lista confirmé algo que no me sorprende, pero que a muchos les podrá parecer extraño: más de la mitad de esos libros son ensayos. Nonfiction, le llaman los gringos. A mí me gusta más cómo lo dicen los franceses: literatura de ideas.
Ahí estaban libros con los que fui construyendo mi identidad en distintos momentos de la vida: Sociobiología, de Edward O. Wilson; Desde Darwin, de Stephen Jay Gould; Como una novela, de Daniel Pennac, entre otros.
El primero, Sociobiología, me fue entregado como provocación y así lo recibí: un libro claramente por encima de mi capacidad pero destinado a cambiarme la vida. Me lo entregó mi profesor de biología, Jean-Pierre Mauger, en fotocopias. Era un mamotreto denso, técnico, lleno de datos sobre el comportamiento de avispas y hormigas. No parecía, visto desde fuera, la clase de libro que le roba el sueño a un patojo de menos de dieciocho años. Y, sin embargo, ahí estaba: una idea poderosa que no me ha soltado nunca, la de que la biología puede ayudarnos a explicar el comportamiento social humano. Esa posibilidad me sigue maravillando.
Eso es lo que hace el gran ensayo: llega disfrazado de libro serio y termina siendo una trampa de asombro. El lector que se acerca a la literatura de ideas con curiosidad genuina, no con el ánimo utilitario de aprender algo puntual, sino con el deseo de encontrar una idea que lo transforme, descubre que el género tiene una capacidad sorprendente para atrapar. No con giros de trama ni con personajes entrañables, sino con algo más raro y más duradero: una idea que te cambia la mirada.
Stephen Jay Gould es, probablemente, el autor que más quisiera poder imitar al escribir. Gould tenía una columna, “Esta visión de la vida”, en la revista Natural History. Su fórmula era infalible: empezaba hablando de alguna cosa mundana, inesperada o muy alejada de la paleontología (su especialidad), y desde ahí construía, despacio y con elegancia, el camino hacia el argumento que quería hacer. Cuando uno terminaba de leer, sentía que le habían contado tres historias distintas, cada una más deliciosa que la anterior, y solo entonces advertía que todo estaba minuciosamente calculado para llevarlo, casi sin que se diera cuenta, a mirar el mundo de otra manera.
El ensayista que sabe lo que hace no toma el camino directo. Rodea, demora, seduce. Y en ese rodeo está buena parte de la magia del género. A diferencia de la novela, que promete una historia, el ensayo promete una idea y suele entregar el paisaje entero en el que esa idea cobra sentido. Leer a Gould, a Montaigne, a Didion o a Solnit es aprender que el desvío no es pérdida de tiempo: es el tiempo mejor empleado.
Hay un momento, al cerrar ciertos libros, en que uno mira alrededor y siente que algo ha cambiado. No en el cuarto, sino en uno mismo. El mundo tiene una dimensión más. Una ranura nueva por la que entra luz.
Elogio de la sombra, de Junichiro Tanizaki, es un ensayo breve y melancólico sobre la estética japonesa y la modernización occidental. Habla de la oscuridad, de la penumbra, de por qué la belleza tradicional japonesa no busca la luz sino su ausencia. Al terminarlo, uno ya no vuelve a ver una vela, una habitación poco iluminada o un objeto antiguo de la misma manera. El mundo no cambió. Cambió la mirada.
Eso es lo que la gran literatura de ideas hace mejor que casi cualquier otro género: amplía el mundo sin necesidad de inventarlo. No te lleva a una tierra ficticia, sino que te devuelve a la tuya con ojos distintos.
Hay algo más que distingue a la literatura de ideas de los demás géneros: la presencia constante de una voz. No un narrador, no un personaje, sino una persona. Alguien que piensa en voz alta, que duda, que a veces cambia de opinión, que te habla directamente. Leer un gran ensayo es sentarse a conversar con una mente que admiras.
Daniel Pennac lo entendió bien. Como una novela es un alegato por el placer de leer y, también, una crítica a la forma en que la educación puede matarlo. Como Pennac habla desde lo vivido más que desde lo aprendido, lo que uno siente al leerlo no es que está recibiendo argumentos, sino que está escuchando a alguien que ama los libros con la misma intensidad con que uno los ama y que ha encontrado las palabras para decir lo que uno nunca supo formular. Esa complicidad es uno de los placeres más hondos de la lectura.
La cicatriz de mi mano ya casi no se ve. Pero el libro que la dejó sigue ahí, en algún estante, esperando que alguien lo abra y se queme también —metafóricamente, claro.
Los libros que nos marcan pueden ser novelas, como la que me quemó a mí, pero no siempre lo son. Para mí, han sido sobre todo los libros de ideas los que se han convertido en los compañeros más leales de mi vida intelectual. Y, como las novelas, me han cambiado la vida.
Si hay un libro de ideas que llevas tiempo posponiendo, te invito a abrirlo esta semana. No con el ánimo de aprender algo puntual, sino con el de dejarte transformar.
Y si hay alguno que te haya marcado, me encantará saberlo.
“Hay un momento, al cerrar ciertos libros, en que uno mira alrededor y siente que algo ha cambiado. No en el cuarto, sino en uno mismo. El mundo tiene una dimensión más. Una ranura nueva por la que entra luz.”
Libros mencionados
El Elogio de la Sombra
Tanizaki, Junichirô En Occidente, el más poderoso aliado de la belleza ha sido siempre la luz. En cambio, en la estética tradicional japonesa lo esencial es captar el enigma de la sombra. Lo bello no es una sustancia en sí sino un juego de claroscuros producido por la yuxtaposición de las diferentes sustancias que va formando el juego sutil de las modulaciones de la sombra.
De los Libros
Michel De Montaigne Sólo busco en los libros el gusto que me proporcione un honrado entretenimiento; o, si estudio, sólo busco la ciencia que trate del conocimiento de mí mismo y que me instruya en un bien morir y un bien vivir …
Como una Novela
Daniel Pennac «Esta obra insólita, un auténtico estímulo para la lectura, ha sido uno de los grandes fenómenos de la edición francesa reciente. Pennac, profesor de literatura en un instituto, se propone una tarea tan simple como necesaria en nuestros días: que el adolescente pierda el miedo a la lectura, sea por placer, que se embarque en un libro como en una aventura personal y libremente







