no era esa la belleza de la ficcion
Philippe Hunziker

La reciente publicación (lanzamiento 20 de abril en SOPHOS) de Hombres de papel, novela en la que Oswaldo Salazar pone en escena la relación entre Miguel Ángel Asturias, Premio Nobel de Literatura y su hijo Rodrigo (alias ‘Comandante Gaspar Ilom’), dos de las figuras más importantes del siglo XX guatemalteco, ha suscitado además de un interés justificado por su calidad literaria, el inicio de una polémica que cuestiona la validez (la legalidad incluso) del uso de personajes reales en la ficción.

El 24 de abril, Magacín 21 publica una nota titulada La peligrosa línea entre la ficción y la realidad, que se enfoca en lo que anticipa como contencioso en la novela.

El 25 de abril, Mario Antonio Sandoval, en Prensa Libre (Las fronteras de la ficción novelística), opina acerca de la aplicación de la Ley de Emisión del Pensamiento y ofrece una filogenia de las novelas sobre temas históricos. Sostiene la necesidad de poner límites a la novela histórica que contiene personajes reales:

[…] este tipo de novela implica mucho riesgo porque de hecho puede caminar en la resbalosa y tortuosa ruta de la mentira, tan cercana a la mala intención.

El 26 de abril,  Soy502 reporta sobre la Polémica novela sobre Miguel Ángel Asturias y da cuenta de la incomodidad de algunos miembros de la familia Asturias ante la publicación de la novela.

El 16 de mayo en Lo que le debemos a Asturias III, Marcela Gereda, aunque aclara no conocer el libro, se pregunta “¿con qué propósito se busca tachar la memoria de la vida de Asturias?”.

Hombres de papel fajilla mxNo se percibe la misma incomodidad más lejos de casa. El 30 de abril, el diario mexicano Excelsior publica “Oswaldo Salazar recrea vida de dos mitos, nota en la que se enfatiza  la reivindicación que Salazar hace de Miguel Ángel Asturias y de su hijo Rodrigo. Y Luis Beiro, para Listin Diario, resalta lo que piensa que está detrás de la intención de la novela citando a Macedonio Fernández: “Yo quiero que el lector sepa siempre que está leyendo una novela y no viendo un vivir.”

Por su lado, Adolfo Méndez Vides, el 3 de mayo, califica Hombres de Papel como “todo un novelón”. Al evocar El hombre que amaba a los perros (novela en la que Leonardo Padura se acerca a la vida de Ramón Mercader, el asesino de Trostki) nos recuerda que el recurso de Salazar no es nuevo.

Este artículo de Heller McAlpin en LitHub.com, titulado “¿Por qué hay tantas novelas sobre escritores famosos?” analiza el reciente resurgimiento de la ficción biográfica. Una pregunta interesante, y quizás más importante, que las que controvierten en torno a Hombres de Papel.

Empieza escribiendo McAlpin:

“Escribe acerca de lo que conoces y te importa más profundamente”, se le instruye repetidamente a los aspirantes a escritores. Bueno pues, ¿qué es lo que los escritores mejor conocen y aman? Los libros y autores que les hicieron desear escribir por sí mismos.

Recuerda McAlpin que, desde la aparición de Virgilio en el Infierno de Dante, hasta El maestro de San Petersburgo, la novela sobre Dostoyevski de J. M. Coetzee, la historia de la literatura está llena de intentos de escritores por aprehender el proceso creativo de los autores que aprecian, poniéndolos en escena en una ficción.

El recurso pues, no es nuevo, pero sí goza hoy de una salud renovada.

Intuyo que los motivos de Oswaldo Salazar, lejos de la mala intención a la que alude Sandoval, cuando leo a Dinitia Smith, autora de La Luna de Miel (una novela sobre el matrimonio tardío de George Eliot) decir:

Hay una soledad profunda y privada en el arte que hemos escogido, y un anhelo por encontrar réplicas de nuestra experiencia en los que han pasado antes de nosotros.

Para McAlpin, la mayoría de estas novelas son acompañadas de una nota del autor que separa hechos de ficción. En el caso de Salazar, la nota se limita a decir que “algunos personajes de esta novela son reales; sin embargo, lo que se cuenta de ellos es ficticio”. La nota es brutalmente clara pero sin duda nos deja con hambre. Todo lector, es natural, querrá saber cuáles partes de la novela son ciertas y cuáles no (a pesar de que Salazar nunca dice que pueda, deba, intentarse esa separación pues “todo lo que se cuenta es ficticio”).

Llega un momento en la “vida después de la muerte” de un escritor, en el que su naturaleza deja de ser corporal, física. En ese momento, el personaje (ya no la persona) salta al reino de lo legendario, al ámbito de lo fabuloso. La preeminencia de la experiencia vital como esencia del personaje cede su lugar a la naturaleza mítica que este adquiere, a su capacidad de convertirse en símbolo. Y ¿qué es un símbolo sino una entidad a la que convenimos en dar un significado compartido, aunque posiblemente desligado de la naturaleza-en-el-mundo del símbolo?

Como he tenido ocasión de decirle a un familiar de nuestro Nobel, el Miguel Ángel Asturias y el Rodrigo Asturias que nos es dado conocer a los guatemaltecos, no son las personas que ellos tuvieron cerca. El privilegio de conocer a los hombres de carne y hueso nos es vedado a quienes estamos fuera del círculo íntimo.

El Miguel Ángel Asturias y el Rodrigo Asturias de la novela (los Hombres de Papel) tienen relación (más que con las personas que fueron) con los personajes que se han construido en nuestro imaginario a partir de las historias, de las leyendas que ellos mismos nos han mostrado o que, alrededor de ellos, nos hemos contado los guatemaltecos. No son ya (nunca han sido) personas reales, como lo son para sus hijos, sus hermanos, sus cónyuges. Para nosotros son verdaderamente Hombres de Papel, porque ha sido ese el material que nos los ha dado a conocer.

Según dijo durante la presentación de la novela en SOPHOS, Oswaldo Salazar descubrió, al reencontrarse en sus años de universidad con Asturias (Miguel Ángel) , un mundo hecho de palabras (¡de papel pues!) que lo maravilló. Un mundo construido con un andamiaje absolutamente único y maravilloso. Y de vuelta a  McAlpin:

No sorprende que los libros sobre escritores muchas veces rebosan de reflexiones acerca del poder de las palabras y de la literatura.

En Paris, Miguel Ángel Asturias fue nuestro embajador ante Francia. Hoy lo sigue siendo, ante el mundo. De alguna forma, es (un) embajador de nuestra propia identidad ante nosotros mismos. Es un creador de mitos, y un mito en sí mismo.

Su paternidad literaria de Hombres de Maíz creó un mito, el del guatemalteco originario. Su paternidad biológica de Rodrigo Asturias creó otro, el del guatemalteco indignado y rebelde. La historia quiso que ambos mitos se fusionaran en uno llamado Gaspar Ilom. Hombres de papel es un homenaje a Miguel Ángel Asturias y a esa criatura doble que engendró: Rodrigo Asturias alias Gaspar Ilom.

Es imposible leer la novela y no querer más a estos personajes.

Hará mucho Hombres de Papel si contribuye, a través del subterfugio de la ficción, a que los guatemaltecos tengamos una relación más cercana con estas dos figuras más grandes que la realidad que son los Asturias, padre e hijo. Ayudará a rescatar de un olvido lento, agónico, tanto más triste cuanto ha sido desidioso.

Alison Anderson, traductora literaria y autora de El invitado de verano, una novela acerca de la amistad (ficticia) entre Chéjov y una mujer médico cegada por un tumor que terminará siéndole fatal, pregunta:

¿No era esa la belleza de la ficción, que acertaba con mayor precisión al amargo corazón de la verdad que lo que pudo cualquier biografía?

La verdad que busco, yo lector, cuando leo una novela, no es la del personaje de la novela, ese al que sigo, del que me enamoro, al que odio o admiro, el que quisiera ser o del que huyo como de la peste. La verdad que busco es la mía. Es la verdad que solo yo puedo comprender y que solo a mí me sirve, porque, cuando leo, las preguntas las planteo yo, lector, para que el texto me responda.

Por eso, Hombres de Papel no es una novela sobre Miguel Angel y Rodrigo Asturias. Es una novela en la que un Miguel Angel y un Rodrigo Asturias (de papel, pero ¡qué papel!) nos acompañan a hacernos preguntas acerca de nosotros mismos, como guatemaltecos. La novela nos interpela como padres, como hijos. Cuestionamos nuestro papel como intelectuales que pensamos ser. Nos vemos como los cobardes que indefectiblemente somos. Nos imaginamos como los valientes que llegaremos a ser, a veces accidentalmente.