Los matices de un suicidio alumbrado por la precaria luz de una plaza asediada por indigentes. La periferia tan cercana al Centro. El poder marginal y periférico. La marginalidad que hace redundancia en un país marginal.

conjeturasEl escritor se ahorca. Se cuelga de un árbol, se mece pendiendo de una cadena.
¿Qué significa esta inmolación?, ¿hacia dónde apuntan los pies del ahorcado?

La primera entrevista arroja la conjetura inicial. Se llamaba Eduardo Torres, era escritor. Un letrado orgánico enlistado para un Premio Nóbel. Encumbrado representante aldeano en Occidente, que un día amanece asediado por moscas, picado por buitres, pudriéndose en la intemperie.

Aquí el artista trabaja con su muerte. La obscena costumbre de enumerar los escenarios del dolor. Tan corriente como cursi o banal. Lo demás es silencio.


Digamos que se trata de la invención del intelectual comprometido con su momento histórico y que además tiene un zodiaco de enemigos y detractores. Todos desean la muerte de su imagen pública. Sólo unos pocos pueden concretar tal deseo.

En un medio cultural lleno de faltas de ortografía y de incoherencia ideológica, la verdadera ruptura de un pensador de vanguardia, es su propia inmolación. En un lugar que asemeja cualquier país latinoamericano con una posguerra, una posrevolución, una poscolonización y una posdictadura, existen los lazos tropicales con
la Guerra Fría y el dadaísmo político.

El artista surfer en sus devaneos y sus contradicciones, que derrapa en la política y que luego de una prolongada vida llena de exilios, termina sus días, al igual que el protagonista del Ángel Azul, aferrándose a un escritorio. El poder académico, el lugar de retiro para los pro-hombres que formó la Modernidad, su cementerio de elefantes.

Los bichos raros que acuden al interrogatorio, son los fantasmas de la decadencia poética y política de la utopía. Desde militantes guerrilleros, taxistas, estudiantes, poetas del delirio y novelistas eurófilos, todos asisten a velar el cadáver de quien fuera el escritor nacional.

La maldición eterna de ser Octavio Paz, Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier o Pablo Neruda. El blanco magnífico. El escritor amueblado y modernólatra. El escritor/padre de la nación. El anuncio de su muerte parte de una muy caribeña metáfora del subdesarrollo.

El escritor/padre de la nación que es el informante nativo, quien define hasta dónde llegan los límites de una patria que muerde el vacío.
Conjeturas del engaño es la crónica muy crónica de la muerte del padre. La muerte patética de los creadores de la identidad, los comisarios de la coherencia ideológica y la estatura moral. La ultramodernidad permite que ya no creamos más en ellos. Si Günter Grass, luego de medio siglo de sermones, acepta su militancia en las juventudes nazis -cosa que no tendría nada de malo si no hubiera rezongado tanto contra el fascismo- eso significa que los seres humanos no somos otra cosa que pozos del desasosiego y la contradicción. El artista fundacional que yace sobre una plaza cubierta de excremento, deyecto de toda su aureola de santidad y del mitopoema de sí mismo.

No es mi interés pontificar sobre esta novela, subrayando que es un trabajo fundamental para entender la creación contemporánea guatemalteca. No necesita ningún elogio. Se trata de una obra que abre una línea de continuidad, cerrando otra. Cierra el ciclo del autor asalariado por la rutina de la autocomplacencia. Es un secreto a voces que el escritor latinoamericano trabaja en las cortes. Si no es un indígena, es una mujer, si no es un guerrillero, es un académico que introduce la civilización en la barbarie, si no es joven es viejo y… por todos los medios trata de habitar el horror, como el personaje de Heart of the Darkness, dándonos una primicia de su muy cartesiana manera de amar la debacle.

El trabajo escritural (la ruta textual) que emprendió Flores hace 10 años, es una de las construcciones más radicales dentro de la literatura centroamericana. Una ruta que no tiene caminantes. Un escritor y un performer. Una especie de Robocop de su propia sintaxis. Piensa el país desde el esquizo, que es el esquizo posmoderno, y desde el pasamontañas contracultural. Hace esquemas desestructurales, juega ping pong de la metaliteratura, pero hace mucho tiempo que dejó de leer a Borges y Cortazar le causa gastritis hemorrágica. Luego de ametrallar una serie de novelas y ensayos, se interrumpe para beber un poco de agua y retomar el discurso con otra línea temática. Dos de sus novelas: El último silencio y Conjeturas del Engaño, son las pequeñas muertes de pequeños padres. Muertes abruptas. Kafkianas tomando que Kafka es el único escritor que nos interesa. Los padres y el sadomasoquismo. Las conversaciones generacionales con Prado, Méndez, Echeverría y con el autor de estas líneas, empujan en Flores las primeras reflexiones críticas importantes, que se hacen en más de treinta años (luego de
la Patria del Criollo, por supuesto): la construcción de una antiedipo, un anticardoza, un antimoderno, un antihéroe. Huye del criollismo en su forma pura. Ni rubiecito, ni castizoide, ni periférico simulacro de la perforación colonial. Un verdadero engendro Pynchon, Ellroy, Bolaño, siendo este último el escritor más entrañable para los novelistas postrománticos de estas riveras de Macondo.
Conjeturas es obra de un terrorista del estilo. Grave como un Carpentier antes de entrar al prostíbulo, seco como un Asturias luego de quitarse la toalla y malintencionado como sería Castellanos Moya si fuera malintencionado. Mientras nadie lea a Lezama, ni a Sarduy ni a Pynchon, nadie va a leer a Ronald Flores. Hace falta tiempo, destruir a varios premios Alfaguara y patear históricamente a Ubico, Justo Rufino Barrios y Pedro de Alvarado, para tener una imagen mejor definida de este maestro indispensable de la ironía.