UNA REGIÓN DE HISTORIAS (PANORAMA DEL CUENTO CENTROAMERICANO)

UNA REGIÓN DE HISTORIAS (PANORAMA DEL CUENTO CENTROAMERICANO)

Editorial:
LA PEREZA
Materia
Cuento
ISBN:
978-0-692-32298-7
Disponibilidad:
Disponibilidad inmediata

PROLOGO de Sergio Ramirez:
Pablo Neruda bautizó en el Canto General a Centroamérica como la garganta pastoril del continente. Garganta, cintura, puente, ombligo, tierra de encuentro. Aquí se fundieron en un estrecho abrazo milenario la flora y la fauna de las dos grandes masas continentales, y hasta aquí migraron los pueblos aborígenes desde el norte y desde el sur en pos del mito y la utopía, huyendo de catástrofes, y emprendiendo de nuevo la marcha.
En sus sueños descalabrados, los conquistadores buscaron en este istmo el Estrecho Dudoso por el que se podría pasar desde el Atlántico hacia la mar del Sur, y de allí a las tierras de la especiería de Cipango y Catay, los dominios del Gran Khan que Marco Polo había sublimado con mentiras de sabio contador de historias.
Centroamérica nos ha entregado siempre alguna historia que contar, o algún tirano al que recordar, empezando por Pedrarias Dávila, anciano de mucha edad cuando llegó a nuestras tierras, y que empezó decapitando en Panamá a Núñez de Balboa, el descubridor de la mar del Sur; “un infelice gobernador, crudelísimo tirano, sin alguna piedad ni aún prudencia, como un instrumento del furor divino”, según lo retrata Fray Bartolomé de las Casas: el furor domini que sentaría sus reales en Nicaragua, el primero de los dictadores centroamericanos, dedicado a criar cerdos y a perrear indios, y quien se hacía cantar en vida responsos de cuerpo presente tendido sobre un catafalco.
Desde entonces empezamos a vivir entre el terror y el delirio, entre utopías malversadas y dictaduras de opereta, enclaves bananeros e intervenciones militares, escuadrones de la muerte y fosas clandestinas, pequeños países entregados a ciegas disputas, separados por la ambición y el egoísmo. La Centroamérica más tarde a merced de los príncipes de los carteles del narcotráfico, de las bandas de los Zetas que chupan la sangre de los miles de emigrantes pobres que buscan la frontera de Estados Unidos; la Centroamérica asolada por las pandillas de las maras, sometida a la perversión de la corrupción bajo el credo del dinero fácil, pero ardiendo siempre en la imaginación de sus escritores, que son quienes, al fin y al cabo, han dado cuenta de la agonía y de la gloria de nuestra historia común, atravesada por parecidos sufrimientos e ilusiones.
Una tierra, pese a todo, fundada por los libros. José Coronel Urtecho señala una obra de valor universal por cada período de la historia de Centroamérica: el Popol Vuh, el libro sagrado del pueblo quiché, en la época precolombina; la Verdadera Relación de Bernal Díaz del Castillo en la época de la conquista; La Rusticatio Mexicana de Rafael Landívar en la época colonial; y la poesía de Rubén Darío en la época independiente. Agreguemos a esa lista las novelas de Miguel Ángel Asturias en el siglo veinte. En todos esos libros fundadores hay un relato de lo que somos, de lo que hemos perdidos en el camino, y de lo que quisiéramos ser.
Son libros que cuentan la historia como un gran mural en movimiento, y relatan la disputa trascendente entre la opresión y la libertad, la muerte, la guerra, el despojo, el exilio; y registran las maneras en que se ha formado nuestra cultura desde las civilizaciones prehispánicas, y cómo la lengua y sus transformaciones e invenciones va tejiendo esa red que nos impide caer en el vacío, porque no pocas veces hemos sido salvados por la palabra de la mediocridad y del olvido.
Pero estos libros que definen a Centroamérica también nos llevan hasta la virtud transformadora de la lengua, encarnada, sobre todo, en Rubén Darío modernista y modernísimo que aún sigue abriendo puertas en el idioma. Con Rubén ganamos en la cultura el espacio de libertad que el caudillismo cerril nos negaba en aquel paisaje despoblado y tan rural de finales del siglo diecinueve, desangrado por las guerras, poblado de analfabetos y donde medraban los “licenciados confianzudos, o ceremoniosos, y suficientes, los buenos coroneles negros e indios, las viejas comadres de antaño…”, según recuerda él mismo.
Comenzamos a ser modernos en la literatura, cuando seguíamos siendo arcaicos en el sistema democrático y aún no lográbamos, como tampoco ahora, cerrar los abismos de la desigualdad y la marginación; y fue el modernismo el que representó esa modernidad no sólo en la poesía, sino también en la prosa, tanto en la narrativa de ficciones como en la crónica periodística.
Es a partir de entonces que podemos hablar del cuento moderno en Centroamérica, que es de lo que trata esta antología de autores vivos, entre los que pesan, por supuesto, los más jóvenes, aquellos que están haciendo ya nuestra narrativa del siglo veintiuno: más de la mitad de los autores reunidos han nacido a partir de la década de los años setenta, cuando se gestaban, o estaban ocurriendo, las revoluciones y guerras civiles en Nicaragua, El Salvador y Guatemala, fenómenos con los que se cerraría nuestro siglo veinte.
Si Darío abrió las puertas de la lengua, con Asturias sabremos que la narraciones capaz de contar la historia lejos de la letra muerta de los historiadores. Es en las fantasmagorías de El señor presidente donde surge la voluntad omnímoda de un solo hombre que todo lo pervierte, contamina y corrompe, esperpentos, criaturas del poder que siempre asombran como si la realidad fuera más imaginativa que la propia ficción.
Y a partir de allí, serán los novelistas y los cuentistas quienes se harán cargo de contar la historia a través de sus historias; la fuerza anormal de los acontecimientos, en todas las épocas, hará que al alterarse el paisaje social, se alteren también las vidas, que es de lo que la literatura se ocupa. La lista de los fundadores de esa tradición narrativa no es corta, pero valgan algunos ejemplos: además de Darío y Asturias, sobresalen los nombres de Rafael Arévalo Martínez, Froylán Turcios, Augusto Monterroso, Salarrué, Yolanda Oreamuno, Rogelio Sinán, Manolo Cuadra.
En los cuentos de esta antología moderna, el lector encontrará un repaso de los fenómenos sociales e históricos desde el ámbito de las vidas privadas. Leyéndolos así reunidos, podemos tener una experiencia de Centroamérica tal como la literatura nos la ofrece, vívida y atrayente, capaz de despertar siempre nuestro asombro y nuestro gozo.
Una Centroamérica que vive en sus historias, y unas historias que prueban que si algo nos une es la imaginación.

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