ECO DA ECO DE DOCE A DOCE

ECO DA ECO DE DOCE A DOCE. EDICION NUMERADA

Editorial:
ACAPULCO GALERA MEXICO
Materia
Poesía hispanoamericana
Disponibilidad:
Disponibilidad inmediata

Vea el libro completo acá:
http://edicionesacapulco.mx/eco-da-eco-de-doce-a-doce-view

Lea el ensayo de Aurelio Asiain sobre palíndromos y sobre Eco da eco de doce a doce acá:
http://www.letraslibres.com/revista/letrillas/el-haz-y-el-enves-sobre-palindromos-0?page=full

La atracción por los palíndromos –textos que se leen de ida y vuelta– aparece en épocas remotas en lenguas muy diversas y acaso sea común a todas las literaturas. La tradición occidental se remonta al siglo III a. C. y al tracio satírico Sotades pero cabe suponer un origen distinto a las variedades orientales del género. En los palíndromos japoneses las letras que forman las piezas del juego no representan fonemas sino sílabas. En los palíndromos chinos no se lee el mismo texto de ida y vuelta, pues al invertirse el orden de sucesión los caracteres se combinan de otro modo y se resuelven en palabras y frases distintas. Combinar letras que representan fonemas sin significado propio no es igual que combinar símbolos que representan palabras. Pero si cortáramos un palíndromo occidental por la mitad tendríamos que leerlo como un palíndromo chino: la segunda parte del texto aparecería al dar la vuelta a la frase. (Así, al leerse de ida y vuelta, mi “Note cómo es aledaño Dalí” se despliega en “Note cómo es aledaño Dalí la doña del aseo, mocetón”.) Todos los palíndromos, en todas las lenguas, obedecen al mismo impulso primordial: encontrar sentido en lo que no parece ser sino ruido. Nos maravilla que un texto pueda leerse por el haz y el envés por la misma razón por la que nos encanta ver cobrar formas a las nubes.
Que para leer la línea de vuelta lo hagamos como si apenas descifráramos la escritura, con el dedo al ras de la página, muestra que se trata de un arte textual antes que verbal, visual antes que sonoro. Un poema requiere oído; en un palíndromo –que puede resultar un poema– la lengua entra por los ojos. He escrito arte donde tal vez debí decir juego, pero también llamamos poesía a una práctica cuyos ejercicios suelen no ser sino eso. La diferencia depende del resultado. En cualquier caso, es pasatiempo de letrados. Lo han practicado Dante, Swift, Poe, Carroll, Joyce, Khlebnikov, Nabokov, Borges, Arreola, Perec, Calvino, Cortázar, Monterroso... En nuestra lengua el gran maestro (término ajedrecístico, pero algo de ajedrez tiene el palíndromo) es indiscutiblemente el venezolano Darío Lancini (1932-2010): sus creaciones no son solo textos reversibles sino muchas veces auténticos poemas.

Amor azul

Ramera, de todo te di.
Mariposa colosal, sí,
yo de todo te di.
Poda la rosa, Venus.
El átomo como tal
es un evasor alado.
Pide, todo te doy: isla,
sol, ocaso, pirámide.
Todo te daré: mar, luz, aroma.

Sé de pocos más de quienes pueda decirse lo mismo. Uno de ellos es el autor de Eco da eco de doce a doce (el libro publicado por Ediciones de la Galera en estos días al que una versión reducida de estas páginas sirve de prólogo): Pedro Poitevin (Friburgo, 1973), matemático de profesión, profesor investigador de lógica, ajedrecista seriamente aficionado y, como Monterroso, guatemalteco en tránsito: combinación idónea.

¿A qué obedece la fascinación por los palíndromos? No a la satisfacción de la simetría, sino a las revelaciones que la simetría propicia. Que ala, ele, somos o anilina se lean del mismo modo de derecha a izquierda y de izquierda a derecha no tiene mayor interés; que el nombre Anita contenga en el reverso la palabra atina nos intriga: es como si la contigüidad de los vocablos, cada uno el secreto de la otra, su oculto sentido, no fuera accidental, sino necesaria y naturalmente significativa. Como las cartas del tarot y las monedas del Libro de los cambios, las palabras de los palíndromos sirven a un arte combinatoria que se resuelve en arte divinatoria. Los palíndromos son oráculos y esfinges: no es la voz de quien los escribe la que habla en ellos y lo que esa voz dice está cifrado. “Cuando descubrí los palindromas”, escribió Cortázar, “me sentí instalado en una situación de relación mágica con el lenguaje”.* El sentido ilumina un destino: Anita atina.

¿A qué obedece la fascinación por los palíndromos? No a la satisfacción de la simetría, sino a las revelaciones que la simetría propicia. Que ala, ele, somos o anilina se lean del mismo modo de derecha a izquierda y de izquierda a derecha no tiene mayor interés; que el nombre Anita contenga en el reverso la palabra atina nos intriga: es como si la contigüidad de los vocablos, cada uno el secreto de la otra, su oculto sentido, no fuera accidental, sino necesaria y naturalmente significativa. Como las cartas del tarot y las monedas del Libro de los cambios, las palabras de los palíndromos sirven a un arte combinatoria que se resuelve en arte divinatoria. Los palíndromos son oráculos y esfinges: no es la voz de quien los escribe la que habla en ellos y lo que esa voz dice está cifrado. “Cuando descubrí los palindromas”, escribió Cortázar, “me sentí instalado en una situación de relación mágica con el lenguaje”.* El sentido ilumina un destino: Anita atina.
Los palíndromos no se construyen solo con palabras palíndromas, como el del arroz y el abad, sino sobre todo con las que no lo son y en el camino de vuelta se descomponen para formar con las vecinas otras voces, pero hay por supuesto palabras recurrentes (no hay palindromista sin su ay y su ya, sin su diva y su luna, su oíd y su dio) y sin duda palíndromos a los que los exploradores llegan una y otra vez. ¿Cómo estar seguro de que una frase tan redonda como la noticia mitológica Eco da eco de doce a doce no ha sido ya encontrada por otro?

Un palíndromo no se inventa: se des-cubre. Como cualquier poema, a fin de cuentas: “una auténtica obra de arte, poema, escultura, melodía, es una forma ideal que preexiste en las posibilidades de la lengua, del mármol, de las notas, y que el artista descubre como se descubre un teorema”, anotó Italo Calvino a propósito del palíndromo de Luc Étienne Ce repère, Perec. Solo que aquí la musa musita (a ti suma su mal) no en los oleajes del sentimiento y los vendavales de la pasión sino en las esquinas del juego y los resquicios del equilibrio sintáctico.